Siguen las jornadas para juzgar los crímenes de la Dictadura
Las audiencias comenzaron la semana pasada en el Salón Dorado, con la palabra de testigos y víctimas del terrorismo de Estado en la zona. La participación de los jóvenes. El conmovedor relato de los hermanos Pheulpin. La actitud de los acusados en el recinto donde sus delitos son juzgados como corresponde.
La calle Pellegrini, frente al Municipio, estaba llena de jóvenes. No faltará el que diga que “llena” es un adjetivo hiperbólico, porque tal vez en el momento en que más eran no superaran los 50, 60. Pero llenaron la cuadra del Palacio. Con sus rostros sonrientes, sus remeras, sus pinturas en guardapolvos, en el piso, dispuestas en atriles; la llenaron con su atenta escucha, sentados alrededor de un parlante que con una “Cristinet” –las computadoras que distribuyó gratuitamente entre los estudiantes el Gobierno nacional– enganchada al Wi Fi del Concejo Deliberante transmitía lo que sucedía adentro. Ellos, ahí afuera, llenaron de esperanza las dos jornadas.
Desde la semana pasada, en San Pedro también se juzgan genocidas. Las audiencias en el marco del juicio por la denominada megacausa Saint Amant II, que ventila los delitos de lesa humanidad cometidos por la dictadura cívico militar entre 1976 y 1983 comenzaron miércoles y jueves. Seguirán los mismos días de esta semana y de las dos siguientes.
Los juicios son de por sí históricos en una ciudad como tantas otras del interior del país donde el “no te metas” caló muy hondo. Históricos son además los testimonios públicos, muchos de ellos nunca antes escuchados. Histórica además es esa participación juvenil que se transformó en el color de las jornadas.
Ahí estaban los chicos de La Kultural, de La Cámpora, de los centros de estudiantes, de otras organizaciones sociales y políticas, anónimos pibes que fueron a sentarse alrededor del escenario montado para la radio abierta, que se transformó después en la transmisión abierta de lo que reproducía el Poder Judicial a través de la página web cij.gov.ar.
El primer día fue movilizante para todos. Era la primera vez. “La unión hace la fuerza” decía una bandera donde los jóvenes invitaron a los que quisieran a dejar un deseo relacionado con los juicios, escritos en lápices de colores que colgaban del “trapo”.
Ese día, una de las testigos de la primera de las causas, la de los hermanos Julio y Carlos Pheulpin, nombró por primera vez en un ámbito oficial al Sargento Mateo Sbert como parte de un Ejército secuestrador de personas. El nombre del héroe nacional de Malvinas sorprendió a muchos. A otros no tanto.
Voces de la historia
Los que hablan en las audiencias son los testigos clave de los secuestros y detenciones ilegales. Al menos los que pasaron por estas dos primeras. También lo hicieron dos víctimas.
El principal imputado en esta megacausa es el Teniente Coronel Manuel Fernando Saint Amant quien tenía a su cargo la región militar con asiento en San Nicolás. Preso en Ezeiza, con 82 años, el hombre que impartió a su gusto el terrorismo de Estado en la zona tuvo que presenciar los testimonios a través de videoconferencia.
Aquí, sentados delante del público que podía acreditarse para presenciar las audiencias, estaban algunos de los otros acusados, que son Edgardo Antonio Mastrandrea, Juan Antonio Benvenutto, Antonio Bossie, Daniel Fernando Quintana, Julio Alberto Almada, Luis Alberto Sinigaglia, Juan Alberto González, Miguel Ángel Lucero, Roberto Horacio Guerrina, Norberto Ricardo Ferrero, Clementino Rojas, Carlos Enrique Rocca, Guillermo Miguel Adrover y Arnaldo Nasiff Bolmeni.
Algunos, desafiantes con la prensa que se acercó a tomar fotos. Otros, tratando de que no se les viera la cara. Todos respetados por los presentes en la sala, por los militantes que estaban afuera y por las víctimas que acaso ellos mismos secuestraron o torturaron.
El Fiscal Federal Juan Patricio Murray estuvo al frente de las audiencias, comandadas por el Tribunal Oral Federal N° 1 de esa ciudad santafesina, integrado por los jueces Otmar Paulucci, Ricardo Vásquez y José María Escobar Cello.
Sin duda, los momentos más importantes de la semana pasada se vivieron el jueves, cuando los hermanos Julio y Carlos Pheulpin relataron sus secuestros, detenciones ilegales y el proceso que sufrieron apresados en centros clandestinos de detención.
Además, el expolicía Roberto Verón brindó un testimonio que dejó muchas dudas respecto de su veracidad, ya que fue convocado como testigo porque habría tenido contacto con Julio Pheulpin, aunque frente al Tribunal planteó algunas contradicciones respecto de lo que fue su declaración testimonial en el marco de la instrucción, lo que podría valerle la imputación por falso testimonio.
El conmovedor
relato de Pheulpin
El testimonio de Julio Pheulpin fue el que mayor atención recibió. No era para menos. “No tenía puesta la capucha, tenía una venda, como si fuera una toalla”, contó sobre los primeros días de su detención en la Brigada de Investigaciones de San Nicolás. No los sacaban ni al baño. Eran tres.
En ese marco lo nombró a Roberto Verón, quien le dijo “qué hacés acá”. Pheulpin le pidió que les avisara a sus familiares. “Éramos conocidos”, dijo y agradeció: “Efectivamente lo hizo”.
El sampedrino, militante del Partido Comunista como su padre y su hermano, relató cómo lo desnudaron en lo que reconoció como una sala de torturas. Allí hubo un llamado telefónico. “Vestite, te salvaste”, le dijeron.
“Parece que era un supermercado ideológico”, señaló. Es que era militante comunista, pero lo acusaban de contener “folletos de Montoneros” por un lado y “del ERP”, por otro.
Recordó a un compañero suyo de celda que tenía “todos los dientes flojos” por la tortura con picana eléctrica.
Julio Pheulpin fue detenido en diciembre de 1976, primero como ilegal, luego “blanqueado” como preso político, lo que para él fue “un alivio”. Salió el 14 de octubre del año siguiente.
Tan importante como su descripción de aquellos días fue la reflexión que hizo durante la audiencia. “Ahí se terminó el hecho concreto, pero eso incidió tremendamente en mi vida, tengo 69 años y no me puedo sacar de encima todo eso”, señaló y agregó: “Hoy, cuando entré, no vi a nadie encapuchado, ni atado con alambre, ni sucio, ni cagado a palos, veo personas afeitaditas y arregladitas, que tienen la posibilidad de hablar, de poder defenderse y nosotros no tuvimos un carajo de eso”.
“Las cosas de fondo no se resuelven así, la historia lo recontrademuestra”, aseguró y sostuvo: “Esto es una lección histórica que a América Latina y el mundo le está costando salir, pero aprendemos o perecemos”. Para cerrar, contó una anécdota: “Hice una cosa en la cárcel que me sirvió un montón a mi, le enseñé a leer y escribir a un pobre infeliz que habían llevado por prestarle la escopeta a otro pobre infeliz igual que él”.
Antes de terminar su testimonio e ir a abrazarse con los amigos que lo acompañaron, dejó estas palabras en el recinto: “Sigo sin conocerle la cara a quienes me metieron adentro”.
Las audiencias que siguen
Hoy continúan las audiencias con los testimonios relacionados al caso de la pareja sampedrina –no oriunda de Baradero, como este semanario consignó por error la semana pasada– de Graciela Zelayeta y Eduardo Schiel, ambos miembros de Montoneros, detenidos en inmediaciones de la parroquia Nuestra Señora del Socorro a mediados de agosto de 1976.
Estaban distribuyendo volantes cuando los detuvieron efectivos de la Prefectura Naval, a cuya sede fueron trasladados. De allí los liberaron, pero luego, a las pocas cuadras, los volvieron a detener. Ya vendados, los habrían trasladado a la Comisaría, desde donde fueron enviados a centros clandestinos de detención, en baúles de vehículos.